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Domingo 14-Abr-13 | 34 Visitas | 0 Comentario(s)
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Cayó Kobe, y con él se nos cayó el alma.
En el 80º partido de su décimo séptima temporada como profesional, su tendón de Aquiles reventó, y con él reventaron las esperanzas de los Lakers.
Tendido sobre el parquet del Staples, dolorido, sujetándose el pie, Bryant le preguntó a Harrison Barnes si le había golpeado. Cuando el rookie de los Warriors respondió que no, Kobe supo que se había lesionado de gravedad y que su temporada había acabado. El telón cayó de la manera más cruel imaginable, con una lesión terrible a orillas de unos Playoffs que nadie deseaba más que él, que nadie merecía más que él.
La 2012-2013 iba a ser, se suponía, la temporada en la que al fin Bryant iba a poder delegar. Con Nash en la dirección y Howard de guardaespaldas, Kobe podría dedicarse a anotar en buenas situaciones y reservarse para las citas más cruciales, las que llegarían a final de curso. Eso era lo que suponíamos y lo que apuntaban en general todas las predicciones. En cambio, el castillo de naipes púrpura y oro se derrumbó al primer soplido, fruto de malas decisiones de la front office, de las lesiones y de un cúmulo de circunstancias que tampoco vienen ahora al caso (o tal vez sí, tal vez vienen más al caso que nunca).

La campaña ha resultado un suplicio hasta el punto de tener a los Lakers en serio riesgo de quedar fuera de los Playoffs. Hace meses que el anillo no es más que una quimera y, sin embargo, lejos de capitular, de transitar cómodamente hacia el retiro y dedicarse a cebar sus estadísticas, lejos de asegurarse que atraparía a Michael Jordan en la lista histórica de anotadores, Bryant dio un volantazo, abandonó el camino fácil y decidió que había algo más importante por lo que jugar. Así, un jugador que ha ganado cinco anillos y dos Juegos Olímpicos, que ha sido máximo anotador, MVP de la temporada y MVP de las finales, se rebeló ante la prudencia y la lógica, e hizo de la dignidad su causa, la suya y la de su equipo, al que ha dedicado la mitad de sus 34 años de vida.
A eso de las 6h45 de la madrugada (hora peninsular española) del pasado viernes, Bryant perdió el combate. Faltaban tres minutos para la conclusión del partido entre Lakers y Warriors; Kobe, aparentemente recuperado tras dos acciones que hicieron temer una lesión, acababa de anotar dos triples consecutivos para empatar el partido, trascendental para las opciones de los angelinos después de la victoria de los Jazz sobre los Wolves. Jarret Jack había devuelto la ventaja a los Warriors cuando Bryant inició un dribbling con la zurda para superar a Harrison Barnes en busca del aro. Tras el primer bote, Kobe cayó. No hubo bandera blanca, no fue una rendición, sólo un hombre vencido, abatido por el insoportable peso que una franquicia, un entrenador y él mismo habían puesto sobre su espalda.
Pero al mismo tiempo que perdía el combate, Bryant ganaba en grandeza. Tras haberlo ganado absolutamente todo y haber labrado una carrera en la victoria, el escolta nacido en Philadelphia ha añadido una nueva dimensión a su legado en la derrota, una que no tiene que ver con títulos sino con conceptos como el honor y el orgullo. Su célebre llama competitiva y dedicación enfermiza elevan a Kobe como paradigma en cuanto a los límites que el esfuerzo y la voluntad pueden alcanzar. Tal vez esa llama se vea ahora titubeante, pero si algo garantizan las diecisiete campañas y los 1.459 partidos que ha disputado como jugador de los Lakers desde su elección en el draft de 1996, es que el fuego de Kobe regresará.
Como un incendio.

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